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viernes, 29 de marzo de 2013

La increíble historia de los ex empleados del Frigorífico del Cerro

La justicia tarda pero no llega
Llevan mas de dos décadas esperando cobrar lo que les pertenece. Muchos se han muerto sin ver el dinero.


Andrea Tutté
Alfredo Medina tenía 12 años y un poco de miedo aquel 5 de marzo de 1943, su primer día de trabajo en el Frigorífico Artigas del Cerro. "Asustado, como cualquier gurí", cambió la moña de escolar por la "chapa" que durante los 26 años siguientes lo identificaría como el empleado 5627.
Muchas cosas cambiaron desde entonces. Pero su vida sigue ligada a un frigorífico que hace tiempo dejó de existir. Y la de muchos de sus compañeros también.
Unas 1.200 personas, entre ex trabajadores del frigorífico y descendientes de otros ya fallecidos, llevan adelante una larga batalla judicial iniciada hace 22 años, a través de la cual intentan cobrar un dinero que —aseguran— les corresponde legítimamente.
"No reclamamos como empleados, sino como accionistas que fuimos del frigorífico", explicó Medina, que cree que el litigio debería ingresar al Libro Guinness por lo extenso.
Sus acciones corresponden a Establecimientos Frigoríficos del Cerro, una sociedad anónima creada en 1958 con los locales y maquinarias de los frigoríficos Swift y Artigas, cuando sus dueños extranjeros se retiraron del país. Supuestamente, los trabajadores pasarían a convertirse en accionistas y participarían en la gestión de la nueva empresa. Los hechos posteriores mostraron que no sería tan así.
Tras una historia de más de 30 años signada por conflictos, despidos masivos y una intervención estatal, el Frigorífico del Cerro cerró en 1992, sin haber nunca repartido dividendos entre sus accionistas.
Esto no es raro en Uruguay, donde las sociedades anónimas tradicionalmente han servido más para esconder la propiedad de bienes que para recompensar inversores. Pero en este caso sí hay dinero para repartir: cerca de 740.000 dólares, fruto de la venta de parte del predio de la planta Artigas a la Intendencia de Montevideo, embargados a pedido de los demandantes.
El 15 de octubre, la comisión liquidadora del frigorífico presentó ante la justicia un proyecto de distribución del dinero que fija en 5,11 dólares el valor de cada acción.
Este proyecto no se basa sólo en el reparto de 1958, sino también en una asamblea de 1988 en la que se distribuyeron miles de acciones adicionales entre los 150 trabajadores que quedaban entonces en el frigorífico. De modo que, mientras los trabajadores originales tienen en promedio tres o cuatro acciones cada uno, hay otros que en 1988 pasaron a tener hasta 2.500.
Esto significa que, de acuerdo a la propuesta de distribución presentada, el dinero se repartirá de la siguiente manera: 600.000 dólares entre 150 personas, y 140.000 dólares entre las más de mil restantes.
Indignados, los demandantes planean impugnar la asamblea de 1988 y la distribución propuesta. Todo indica que todavía no se ha escrito el último capítulo de una historia que ya tiene casi medio siglo, y que muchos de sus protagonistas murieron antes de ver concluida
Despidos masivos
Llegando al Cerro, desde el puente sobre el Pantanoso, aún se puede ver un galpón con las, ya muy descoloridas, siglas del Establecimiento Frigorífico del Cerro Sociedad Anónima.
Las enormes instalaciones del frigorífico, que tenía hasta una imprenta para hacer su propia papelería, fueron testigos de la época más próspera del Cerro. Una época que pareció quedar atrás definitivamente el 20 de octubre de 1957, cuando los frigoríficos Swift y Artigas cerraron sin pagar licencias ni despidos.
Para evitar que miles de trabajadores quedaran en la calle, el gobierno de Luis Batlle Berres promovió la creación del Frigorífico del Cerro. Para eso se aprobó la ley 12.542, según la cual los 4.530 trabajadores de aquellos pasarían a convertirse en accionistas de la nueva sociedad anónima.
Las acciones emitidas tenían un valor de 100 pesos y completaban un capital de 15 millones de pesos. La ley establecía que debían ser repartidas entre los trabajadores hasta cubrir la suma que cada uno hubiera debido cobrar por concepto de licencias y despidos impagos por los frigoríficos Swift y Artigas.
"Sin embargo, el nuevo directorio sólo distribuyó las acciones correspondientes a las licencias", explicó Alberto Mariño, uno de los ex empleados de Swift. "No se repartieron las correspondientes a despidos, tal vez porque con ellas hubiéramos llegado, la gran mayoría de los trabajadores, a las cinco acciones que según los estatutos debían tener los accionistas para votar en las asambleas".
"Además —continuó— no es difícil pensar que las acciones que luego se repartieron en 1988 eran las que nos correspondían por concepto de despidos y nunca se nos entregaron".
En los diez años posteriores a su creación, el nuevo frigorífico trabajó sin cesar —llegó a ser el principal exportador de carne del país— y aumentó su patrimonio: adquirió los frigoríficos Durazno y Castro y la planta agrícola de Los Cerrillos. Y en 1968, justo cuando estaba previsto que comenzaran a pagarse dividendos, empezaron los problemas.
Ese año, las medidas prontas de seguridad prohibieron toda reunión pública, incluidas las asambleas de accionistas. En abril de 1969 hubo una prolongada huelga y en agosto, una asamblea de accionistas (realizada bajo "presiones de toda índole", según los demandantes) aprobó una propuesta del directorio para ceder al Estado el control de la sociedad, cuyo patrimonio estaba valuado en unos diez millones de dólares.
El gobierno de Jorge Pacheco Areco nombró entonces una comisión interventora que se mantuvo ya entrada la dictadura. En 1973, un decreto del gobierno militar destituyó a 50 trabajadores, y en 1979 fueron masivamente despedidos otros 1.800; al final de la historia de la planta quedaban apenas 150.
Hasta hoy Medina no se explica con qué criterio se eligieron los 1.800 despedidos. "Si éramos todos accionistas; ¿por qué a algunos los dejaron y a los demás los despidieron?".
Juicio conflictivo
En 1980, un año después de los despidos masivos, algunos de los ex trabajadores del Frigorífico del Cerro decidieron recurrir a la Justicia. Su representante legal era Adolfo Gelsi Bidart, más tarde decano de la Facultad de Derecho y coautor del Código General del Proceso. Gelsi acompañó sus reclamos hasta la muerte, en 1998, a los 80 años.
La primera demanda tenía como objetivo hacer que el frigorífico le comprara a sus ex trabajadores las acciones, como estaba previsto en la ley 12.542 para el caso de los accionistas que dejaran la empresa. "En 1983 tuvimos un dictamen favorable pero, tal como Gelsi nos había advertido, no pasó nada porque la sentencia debía pasar por el Estado Mayor Conjunto y quedó archivada", recordó Medina.
Tras la llegada de la democracia, en abril de 1985, el grupo de ex trabajadores del Frigorífico del Cerro fue el primero en comparecer ante una comisión parlamentaria para reclamar la reactivación de la empresa y la investigación de lo ocurrido durante la intervención.
En 1987, ya eran 750 los ex trabajadores que, reunidos, iniciaron un nuevo juicio ante la justicia civil. El directorio del frigorífico propuso pagarlas a su precio nominal, 100 pesos (que, por supuesto, ya no valían lo mismo). Los ex trabajadores querían que les fueran pagadas a un precio proporcional al patrimonio de la empresa.
En ese entonces, un contador designado por la justicia determinó que el patrimonio de EFCSA llegaba a 5,4 millones de dólares, por lo que cada acción hubiera valido unos 92.800 pesos.
El nuevo juicio estuvo signado por distintos pedidos de embargo trabados por los demandantes y levantados una y otra vez a pedido de los abogados del frigorífico, y de apelaciones que llegaron hasta la Suprema Corte.
Paralelamente, la empresa cerró y entró en proceso de liquidación en 1992, lo que supuso comenzar a vender sus propiedades para pagar sus cuantiosas deudas. Como parte de este proceso se vendió un sector del predio de la planta Artigas a la Intendencia de Montevideo. Descontadas las deudas con la DGI y el BPS que la Intendencia pagó como parte del trato, quedaron unos 740.000 dólares que fueron embargados en 1995 a pedido de los demandantes.
En 2001, el abogado Darwin Rodríguez, discípulo de Gelsi, decidió presentar un nuevo juicio. En esta ocasión, lo que se reclamó fue que la Comisión Liquidadora brindara una rendición de cuentas sobre el resultado de la liquidación, y propusiera un mecanismo para repartir entre todos los accionistas el dinero embargado.
"Esto no implica renunciar a ninguna reclamación futura con respecto a los bienes que hayan sido mal liquidados o que hayan desaparecido del patrimonio, sino que se refiere simplemente al reparto de ese dinero", afirmó González.
Lo justo y lo legal
Kilos y kilos de papeles que documentan la historia del Frigorífico del Cerro descansan hoy en uno de los grandes galpones que formaban parte de la planta Artigas. Bajo una espesa capa de polvo desprendido de las paredes de la añosa construcción se acumulan ordenadas pilas de planillas y ficheros de metal donde se guardan los legajos de quienes alguna vez trabajaron allí.
"Esto era algo impresionante", afirma Ernesto Vergara, uno de los tres miembros de la comisión liquidadora designada por los trabajadores aún en actividad cuando en 1992 cerró la planta. Los miembros de la comisión —Ander Marizcurrena, Adriana Araújo y Vergara— cobraron un sueldo mensual de 1.000 dólares desde junio de 1992 hasta agosto de 2000: desde entonces se trabaja honorariamente porque la tarea ya estaba casi concluida y "no se justificaba estar pagando tres sueldos".
Vergara, que entró a trabajar en el frigorífico a los 18 años, en 1968, afirmó que en un principio nadie esperaba que la liquidación arrojara un saldo positivo.
Finalmente, lo único que sobró fue el fruto de la venta de la Planta Artigas, embargado por los demandantes. Sin embargo, el liquidador asegura que el embargo no era necesario: "es más, fue perjudicial, porque ese dinero al ser embargado dejó de generar intereses".
Vergara también dice creer que la propuesta de reparto presentada por la comisión liquidadora que él mismo integra "es injusta, pero el problema es que a veces lo que es justo y lo que es legal van por caminos separados".
Sin embargo, los demandantes afirman que la propuesta de distribución del dinero entre los accionistas no sólo es injusta, sino también ilegal. Por eso, González planea solicitar la nulidad de la asamblea de reparto de acciones de 1988, "ya que la ley 12.542 dispone que los únicos titulares del reparto accionario pueden ser los obreros de los frigoríficos Artigas y Swift que figuren en las planillas al 1º de diciembre de 1957".
La asamblea de 1988, a juicio del abogado, "fue una maniobra con la que una minoría buscó preservar para sí el patrimonio de la empresa. Porque ¿cómo puede ser que aparezcan algunos de ellos con hasta 2.600 acciones, cuando la mayoría de los empleados originales de Swift y Artigas apenas tienen cuatro o cinco cada uno?".
Vergara, en cambio, insiste en que la asamblea de 1988 fue legal según los estatutos, y que las "acciones de reserva" repartidas entonces fueron pagadas por los empleados. Cada acción se pagó a su valor nominal, es decir, a 100 pesos, que en 1988 no servían para mucho.
"Por eso digo que la solución es injusta, ya que esas acciones no le costaron lo mismo al que las pagó a 100 pesos en 1988 que al que las pagó a 100 pesos en 1958", afirmó. "Por eso, tal vez incluso hubiera sido mejor que no sobrara nada, para evitar esta situación. O se podría haber destinado el dinero para alguna obra social de la zona".
"Lo que es justo"
Aún hoy, cuando ya venció el plazo para registrarse como accionistas, siguen apareciendo ex trabajadores del frigorífico. Llevan en sus manos las acciones que les fueron entregadas a ellos o a sus padres, y preguntan si es cierto que esos papeles amarillentos tienen algún valor.
Algunos, incluso, piden para el boleto, porque no tienen dinero ni para eso. Muchos guardan grandes expectativas sobre el posible valor de esas acciones. Y como no todos tienen claro exactamente cómo es el procedimiento, circulan versiones de todo tipo.
"Hay gente que llega y dice ‘vengo a cobrar’", explicó Mariño. "Incluso un hijo asesinó a su madre adoptiva porque creía que ya había cobrado y quería quedarse con el dinero".
Sucedió el año pasado en el barrio Maracaná. La señora, de apellido O’Neill, era esposa de Dilber Canto, un ex empleado ya fallecido.
Muchos de los accionistas son septuagenarios u octogenarios y otros han muerto sin llegar a ver sus acciones transformadas en dinero. Medina y Mariño recuerdan especialmente a José Almeida, un antiguo compañero que inició el reclamo original y murió en junio.
Si bien saben que muchos de los ex trabajadores del frigorífico necesitan con urgencia el dinero que pueda obtenerse del juicio, para ellos el reclamo tiene mucho de simbólico. "A nosotros –afirmó Medina– se nos dijo que éramos accionistas de una empresa, se nos repartieron acciones que correspondían a dinero que nos debían, y nunca vimos un peso. Estamos reclamando lo que es justo, lo que nos corresponde".

EL PAIS DIGITAL

Asociación de Jubilados de la Industria Frigorífica


En plena Villa del Cerro, se encuentra la Asociación de Jubilados de la Industria Frigorífica. El Municipio conoció de cerca la organización que forma parte de la rica historia e identidad del Cerro.
Entrevista a la Asociación de Jubilados de la Industria Frigorífica
Organización, Cultura e Identidad
La Historia en Movimiento
En la calle Grecia 3681, plena Villa del Cerro, se encuentra el local de la Asociación de Jubilados de la Industria Frigorífica. Allí estuvimos de visita para conocer un poco más  acerca de esta organización que forma parte de la rica historia e identidad del Cerro.
La asociación integra a 200 personas y se encuentra en funcionamiento desde 1997.
Fuimos recibidos por el delegado de la asociación ONAJPU,  Alberto Rentaría, hijo de trabajador de los frigoríficos, socio colaborador y jubilado por antecedentes de persecución política.
Entrevistamos al encargado del museo y de la biblioteca del local, Walter Chagas,  quien  participa en la comisión directiva y fue trabajador de la industria frigorífica.
- Contános  brevemente los inicios de la Federación de la Carne.
El 7 de enero de 1942 comenzó a funcionar el edificio la Federación Autónoma de la Carne y Afines. En ese momento los trabajadores de los frigoríficos Swift, Nacional y Artigas se reunían en este local.
Los colores de nuestra bandera son el rojo, verde y blanco, colores típicos de inmigrantes italianos.
Dentro de esta federación es que nace, en Uruguay, la organización anarco-sindicalismo, -desconocida en otros lugares-, de la mano de los inmigrantes que venían de Europa: alemanes, polacos, rusos, italianos y españoles entre otros.
Debido a diferentes circunstancias que se fueron dando, los frigoríficos desaparecen de esta zona, por intereses de nuestros enemigos de clase. La asociación surge como una organización clasista, con una concepción de clase, de defender sus intereses y aportar con nuestro trabajo, el de nuestros padres y nuestros abuelos. Casi todas las personas que vos te encuentres acá tuvieron un padre, abuelo o tío que trabajó en la industria frigorífica.
En sus mejores momentos, en el Cerro había entre 10 y 15 mil personas trabajando.
Después del oscurantismo hubo epopeyas impresionante. Fueron 20 años (desde 1950 a 1970) donde el movimiento sindical, en el Cerro, fue demostrativo no sólo de su firmeza y solidaridad en la lucha, sino de la unidad. Fue uno de los propulsores, más allá de que no fue fundador, del congreso del pueblo y la CNT.
- ¿Cómo se inicia la asociación de jubilados de la Industria frigorífica ?
Se llega por que desaparece la industria frigorífica del Cerro y los viejos trabajadores ya jubilados y algunos en proceso de jubilarse no querían perder este local. Cuando terminó el período de la personería jurídica buscamos seguir con la historia de esto y hacer lo mismo que se hacía en la época de la federación nativa. La asociación se funda con el fin de seguir custodiando el local en el año 2002, pero se organiza antes, en el año 1997.
Como asociación nosotros nos pusimos como meta realizar lo mismo que hacían los trabajadores, abrir las puertas de la federación al Cerro y su cultura, en lo edilicio, en sus tradiciones, mostrarles a los jóvenes, adolescentes y niños quiénes eran sus abuelos y sus padres. Queremos que sepan por qué hay una chimenea sobre la playa del Cerro, por qué hay otra en la entrada del Cerro, qué era eso que hoy se llama PTI (Parque Tecnológico Industrial), qué era aquello que está en la marina, qué era aquel Frigorífico Nacional. También hablamos de qué era un frigorífico, porque  hoy en día un frigorífico es muy diferente a lo que era antes. Hoy un frigorífico sólo mata carne y terciariza todos sus derivados.
La asociación promociona que los niños sean los más privilegiados, pero además, apostamos a que los viejos tengan el privilegio de pasar sus años de la mejor manera, que la persona, estando en actividad, pueda mantenerse joven.
No sólo preservamos las salas de sesiones, también la biblioteca que fue fundada en 1942 mantiene su espíritu de servir a la comunidad. En el museo tenemos fotos, retratos y otros materiales que rescatan la cultura frigorífica, sus mártires y nuestra identidad como cerrences. Tenemos el teatro que lo rescatamos hace 2 años, fue fundado en 1958 como sala de congresos de los delegados de la Federación Autónoma de la Carne y Afines, en la década del 40 y 60 la importancia de esos congresos era tremenda. Hay otras salas, donde actualmente no tenemos actividades, pero esperamos ponerlas en funcionamiento pronto.  
En este local se dan cursos de artes visuales, de pintura, se hacen tanguerías, flamenco, se practica karate y hacemos excursiones. Tenemos bastante actividad social, digamos que es un centro cultural además de una asociación de jubilados, es un lugar de recreación, encuentro, discusión y conferencias.
- ¿Cuáles son los objetivos o aspiraciones que tiene la asociación a futuro?
Debido a la edad de los integrantes de la asociación, en el aspecto organizacional, se tiene como principal objetivo que se integren jubilados de otros sectores y de la comunidad, con la aspiración de sumar más personas y que el lugar funcione como un centro cultural propiamente dicho.
Por otra parte, en el aspecto de la actividad del lugar, se espera entrar en los fondos concursables, la idea sería disponer y adaptar el salón de conferencias (donde funciona el teatro) con una movilidad que permita desarrollar diferentes actividades como flamenco, taekwondo, teatro, carnaval, un espacio para niños, karate, un espacio para los veteranos y tango. Esa es la proyección cultural que tenemos a futuro.
Gonzalo Irigoyen/IM


1º de Mayo de 2010 Marcha de la Columna Cerro-Teja


Trabajadores, vecinos, compañeros del Cerro, nuevamente un 1º de mayo nos convoca, nuevamente partimos desde nuestra barriada al acto de los trabajadores no sin antes detenernos unos breves minutos a rendir justo y sentido homenaje a los mártires de la industria frigorífica, todo un emblema de lucha y compromiso. A aquellos que junto a otros trabajadores y vecinos fueron marcando un camino de dignidad y solidaridad que nosotros debemos cuidar de continuar forjando.