sábado, 27 de julio de 2013

Barrios Privados: miedo, estigma, resentimiento

La aparición de barrios cerrados constituye un fenómeno urbano que ha tomado gran relevancia en las últimas décadas en diversos países. El origen de los barrios cerrados está asociado a diversas causas, siendo la violencia urbana y la inseguridad las más importantes en la actualidad. Sin embargo, para lograr una visión más acabada de este fenómeno es importante considerar no sólo las causas que dieron origen a estos emprendimientos urbanos, sino también las consecuencias, principalmente en términos del tejido social y del proceso de segregación social urbana que está implícito en su desarrollo. 

¿Qué es lo nuevo de los barrios cerrados? 

Los barrios cerrados constituyen un nuevo fenómeno urbano. Sus principales rasgos son los siguientes: 

se encuentran rodeados o cercados por muros, puertas y rejas que son barreras físicas; 

el acceso a ellos es restricto, impidiendo la entrada de los "no-queridos" (lo que es avalado por la legislación ad-hoc) lo cual hace la segregación social urbana más evidente y visible; 


 generalmente están ubicados muy próximos a barrios pobres e incluso villas inestables, por lo que las diferencias sociales y la in equidad social se hacen evidentes; 


 sus habitantes buscan homogeneidad social y un estilo de vida determinado; 


constituyen una solución para algunas familias en relación a la inseguridad urbana y la delincuencia;


 y  privatizan el espacio público. 

Causas y efectos de la aparición de barrios cerrados 


El aumento de la inseguridad y la violencia urbana y la incapacidad del Estado para asegurar ciertos servicios considerados básicos, como es la seguridad ciudadana; la progresiva desaparición en la ciudad del sentimiento de comunidad; el aumento de la desigualdad social y el acrecentamiento de la brecha entre pobres y ricos, sumado al deseo de lograr status y cierta homogeneidad social por parte de algunos grupos sociales; el deseo de mayor contacto con la naturaleza o de un "estilo de vida diferente" y el impulso, por parte de los desarrolladores urbanos, de una nueva "moda" urbana, influenciada por el "American way of life". 


Entre sus efectos sociales más negativos se encuentra el tema de la segregación social que ellos generan al constituir enclaves exclusivos que se aíslan de la ciudad y transforman barreras físicas en barreras sociales. Las puertas, barreras y dispositivos de seguridad refuerzan la segregación social urbana y establecen claramente la división entre "los de adentro" y "los de afuera". Este es el efecto más importante en el tejido social. Además, tiene implícito un cierto sentimiento de intolerancia hacia la ciudad abierta y los problemas sociales que se dan en ella. Entonces, si bien los barrios cerrados son un caso extremo de segregación social urbana, donde las diferencias sociales entre el afuera y el adentro no pueden obviarse, cabe preguntarse ¿en qué medida ellos también refuerzan esta segregación al no tener vinculaciones con las áreas circundantes? Y, en este sentido, ¿hasta qué punto los barrios cerrados pueden aislarse por completo de la ciudad abierta? Y, por lo tanto, ¿en qué medida estos conjuntos residenciales pueden ser autosuficientes? 



Asimismo, los barrios cerrados tienen grandes efectos en la vida de sus habitantes, pero principalmente en el caso de los niños que son criados dentro de ellos. Por un lado, los niños desarrollan una percepción muy fuerte entre "los de afuera" y "los de adentro" y las diferencias sociales implícitas en esta división. Por otra parte, en ocasiones se les hace difícil entender otras realidades sociales diferentes a las propias, ya que tienen escaso contacto con ellas. Además, los niños que pasan mucho tiempo dentro de los límites del barrio llegan a desarrollar una suerte de agorafobia, resultándoles imposible transitar por la ciudad abierta. 

La supuesta inexistencia de peligros dentro de los límites del barrio lleva en algunos casos a un alto grado de desentendimiento por parte de algunos padres de las actividades recreativas de sus hijos y a un debilitamiento del control sobre los niños. En ocasiones, son los propios guardias de seguridad quienes deben hacerse cargo del cuidado de los niños y del control del cumplimiento de normas básicas como lo son las velocidades en los que circulan los niños en automóviles o cuatriciclos.
 



La segregación social se hace más evidente en la medida en que los residentes de los barrios cerrados tienen escasa o nula relación con los vecinos de los barrios de los alrededores. 

El Estado también contribuye a fomentar este proceso de segregación mediante la permisión del desarrollo de este tipo de emprendimientos privados. Asimismo, el no satisfacer la demanda ciudadana de seguridad en la ciudad, lleva a que aquellos "privilegiados" que pueden satisfacer esta necesidad por sus propios medios (contratación de seguridad privada o residencia en un barrio cerrado con seguridad las 24 horas) lo hagan, aún cuando sea una solución individualista que no modifica las causas del problema.
 




Los barrios cerrados constituyen un caso extremo del fenómeno de segregación social urbana que se está agudizando en las ciudades. Ellos buscan dar respuesta a un problema social muy grave, como es el tema de la inseguridad y de la violencia urbana. Sin embargo, constituyen una solución que sólo unos pocos "privilegiados" pueden conseguir. Por otra parte, no actúan sobre la causa del problema, sino sobre sus efectos. 



Estos conjuntos urbanos destinados a alojar a las clases medias y medias altas son un fiel reflejo de la sociedad actual donde prima el individualismo por sobre la solidaridad y el bien común. Se establece una relación "desigual" al privatizarse el espacio público en beneficio de unos pocos, pero requiriendo igual los beneficios que la ciudad abierta y pública provee a todos los ciudadanos. 



El resultado es entonces un proceso complejo de segregación social urbana, producto no sólo de causas estructurales, sino también de las decisiones tomadas por los propios actores sociales, que es cada vez más explícito y donde las diferencias sociales no pueden ser obviadas. La brecha entre los ricos y pobres, los que tienen o no tienen, los que viven seguros en la ciudad y los que no, se hace cada vez más amplia y parece más difícil de cerrar.





En Uruguay: 


Hay quienes eligieron estar más aislados del mundo exterior. Tener que viajar casi una hora si trabajan en el Centro y subirse sí o sí a un auto para ir a comprar un litro de leche o ir a la farmacia. 

Esa es la realidad de al menos 500 uruguayos, que decidieron vivir en un barrio privado. Allí, tras los alambrados que cercan el perímetro y una importante seguridad en la entrada, hay una urbanización con sus propias calles, reglas y mucho, mucho verde. Para ingresar a esos barrios hay que tener autorización de alguno de los dueños de las viviendas o terrenos. No poseerla, significa simplemente quedar afuera. Cualquier persona debe dejar en la entrada su nombre e incluso su documento de identidad. Lo mismo sucede a quienes trabajan en las casas o en servicios a los propietarios. 

Es evidente que los barrios montevideanos ya no son los que acostumbraban. Paulatina pero sostenidamente han comenzado a ghettizarse, por un lado, y a fortificarse por otro. Tal vez el punto de inflexión de esta metamorfosis se diera en los años 70, con la tugurización del centro de la ciudad, que era un centro a la vez administrativo, comercial, y social. Hasta entonces, la vida ciudadana confluía en el centro -incluso existía una etiqueta, un vestuario, que señalaba que los montevideanos, cuando iban al centro, se dirigían a un punto urbano cargado de ritualidad. Por contrapartida, en los barrios de composición heterogénea se daba una vida no ritualizada. Eran un espacio de interacción (lo mismo que sucedía en la educación primaria y secundaria pública) entre indiviuos de extracción diferente. 

Progresivamente se ha verificado un desplazamiento de la vida urbana, que ha comenzado a encerrarse en los barrios. Esto se ha dado por intereses del capital, por el aumento de servicios, pero también por la creciente inequidad que enfrenta el país y que ha hecho carne en la vida urbana. 

Al mismo tiempo, en los barrios ha ido desapareciendo la interacción entre las distintas clases, y, por el contrario, de manera creciente, están marcando la separación en clases estancas. La interacción, que antes se daba en distintos puntos de la ciudad, se ha ido limitando al barrio (y éste, a su turno, ha testimoniado la homogeneización de sus residentes). Por un lado, los marginados; por otro, los que se autoexcluyen en zonas residenciales privadas y cercan de rejas sus casas. La territorialización (y tribalización) que ganaron terreno a los viejos modos de intercambio responden sin duda a que, junto con la desigualdad, han crecido la violencia y la inseguiridad en la vida urbana. 

Pero, independientemente de su necesidad, no cabe duda de que tanto ghetto como rejas, además de emblema, son catalizadores de este cambio. Consignar este hecho no implica melancolía ni por el abandonado centro de la ciudad ni por la grisura mesocrática que servía para ocultar las 
diferencias. Implica por el contrario que, del modo que se está gestionando, la exhibición de la desigualdad no está favoreciendo la interacción en diferencia (que sería el elemento cultural y socialmente enriquecedor). Ghetto y rejas son la contracara de una centrifugación, que tiene aceleración propia y que, vaciando el centro (no urbano sino institucional) y debilitando eso que llaman entramado social - del modo que lo está haciendo - sólo pueden conducir al miedo, al estigma y al resentimiento.
 


Canelones es el lugar donde los barrios privados tienen más personas viviendo de forma permanente. Son 489 según datos del Instituto Nacional de Estadísticas del censo de 2004. Allí, en la zona que tiene como eje a Camino de los Horneros (que nace en el quilómetro 31 de la ruta 101) coexisten ocho clubes de campo. 

Barrios privados cerrados y abiertos, bosques urbanizados y fraccionamientos para chacras marítimas exclusivas son las nuevas formas de vivir que ofrece Maldonado. 

A lo largo de 70 kilómetros de costa, desde José Ignacio a la Laguna del Sauce, hay numerosos emprendimientos. Veramansa (parada 42, con edificios y lotes para residencias), Villa del Faro y Pinar del Faro en José Ignacio, Laguna Estates (en Manantiales) son algunos de los proyectos más representativos del modelo country que en Punta del Este se encuentra en plena expansión. 

Aunque tienen servicios y comodidades como para vivir todo el año, se trata básicamente de residencias de veraneo con un acento importante en la recreación. 

En Rocha hay varios proyectos en distintas etapas. Uno de ellos, ubicado entre la playa de La Viuda y el kilómetro 298 de la ruta 9 se construye Chacras de la Laguna Negra, un club de campo con 64 terrenos de entre 4.000 y 5.000 metros cuadrados. Andrés Beyhaut, uno de los responsables de la iniciativa, dijo a El País que 16 de las chacras ya fueron comercializadas. 

También hay varios en otros barrios privados en desarrollo en Soriano, Colonia y San José. 




Este estilo de vida está dirigido a ciertos sectores de población que adquieren sensaciones de falsa seguridad alrededor de estas urbanizaciones. 


A medida que se producen ghettos urbanos se acentúa la violencia y la inseguridad, la experiencia internacional demuestra que la segregación espacial -si bien a nivel individual de una familia puede parecer una solución- a nivel social acentúa la desintegración. 


1 comentario:

  1. La ingeniería puesta en el diseño y la capacidad disuasiva del sistema hace que no requiera instalaciones adicionales en cualquier terreno o condición climática.
    La relación precio prestación hace que sea el más barato por las características dinámicas y de rechazo al intruso solo por su propia existencia comparado con cualquier otro sistema de cercos electricos

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